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Redescubriendo la vulnerabilidad.

Después de varios años de haberme podido zafar de aprender a manejar, se llegó el momento. Sí, su amiga de 20 años acaba de empezar a manejar, y no muy dispuesta que digamos. Había temido tanto que llegara el momento. Primero que nada, yo estaba muy cómoda, siempre tenía quién me llevara a todas partes, mis amigos me podían llevar mientras escuchábamos unas buenas rolitas sin preocuparme por nada más que por disfrutar el momento. Además de esto, tenía muchísimo miedo, pensaba que era imposible que yo pudiera llegar a maniobrar un carro sin chocar a alguien en el intento.


Nunca en mi vida había experimentado tantísimo temor y responsabilidad hasta que un día tomé el volante con mis manos sudorosas y me dirigí a una avenida llena de carros que iban a una velocidad bastante considerable. Estaba que me moría, pero tenía que manejar, no podía parar ni hacer movimientos raros porque en el carro iba mi familia. Tenía mucho miedo, por primera vez en mi vida sentí de una manera fuertísima que cualquier movimiento que yo llegara a hacer podía afectar a los demás, y a mi incluida. Me sentí vulnerable y capaz de vulnerar, y reconocí que también podía llegar a afectar a otros. Caray, podía llegar a lastimar a alguien y a mi misma. Pero al final, no pasó nada, su amiga pudo conducir sin ningún problema, y llegó sana y salva a su destino junto con su familia.


¿A qué voy con todo esto? En ese momento, recordé que como persona que soy puedo afectar a los demás y a mí misma. Queramos o no serlo, somos seres vulnerables. Somos seres que, por el hecho de ser humanos, estamos “condenados” a sentir, a ser afectados por el ambiente o por otras personas. En ocasiones la vulnerabilidad es vista como algo negativo, algo que nos hace débiles, sin embargo, ser vulnerable significa que la persona es capaz de ser afectada. Y esta capacidad de ser afectados es la que nos permite amar y sentirnos amados. A pesar de que suena bastante obvio y lógico que somos seres vulnerables, que sentimos y que tenemos un impacto en el otro, muchas veces nos olvidamos de esta parte de nuestra persona, y en otras ocasiones llegamos a intentar dormirla.


Muchas veces me he llegado a sentir como zombi, muerta viviente, pasiva ante el mundo, fluyendo con él sin elegir mi camino. Camino con el rebaño sin cuestionarme a dónde quiero ir, sin preguntarme nada. Esto me pasa sobre todo cuando me la paso todo el día en Twitter o Instagram. Me vuelvo espectadora sin hacerme partícipe de mi vida y pierdo esa verdadera intimidad o encuentro con la otra persona. Es muy extraño, porque a pesar de ser una red para socializar, de alguna manera me siento ajena al otro y a mi misma. Me lleno de ruido para no elegir mi camino, para dormir mi parte afectiva, mi ser vulnerable.


Es mucho más cómodo dejar que otros conduzcan por nosotros, que otros dirijan nuestras vidas. Es muy cómodo ocultar nuestro ser vulnerable, esconder nuestros dolores, heridas y rincones que nos avergüenzan y que nos atemoriza que otras personas lleguen a descubrir. Pero al ocultar esta parte de nosotros va incluida también nuestra capacidad de amar, de responder a ese llamado que todos tenemos, esa necesidad que nos hace sentir vivos y plenos.


Fuimos hechos para algo más que reducir la vida a un mero consumo de experiencias, no estamos hechos para ser simples espectadores pasivos, sino que estamos llamados a la plenitud, a la felicidad, felicidad que es fruto de amar. Dios, al ser el Amor mismo, es el mejor maestro para guiar nuestros corazones y redescubrir así la belleza de la vulnerabilidad y de poder amar. Nos invito a ti y a mi a abrirnos a Él y empezar así, a vivir plenamente en el amor.

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